Ojalá las paredes gritaran (Uruguay)
Montevideo – Teatro Solís – Teatro Sodre
2022
Dramaturgia y Dirección
Paola Lusardi
Intérpretes
Damián Lomba, Carla Moscatelli, Álvaro Armand Ugón, Fiorella Bottaioli, Martín Pisano
Escenografía
Fernando Scorsela
Vestuario
Carolina Cutaia
Iluminación
Martín Blanchet y Tabaré Dávila
Música
Mateo Schreiterer, Martín Pisano
Contacto
Dirección General
Paola Lusardi
paola@paolalusardi.com
Tel:+54 911 5848 7670
Producción
Gabriela Larrañaga
gabrielalarranaga@gmail.com
Tel: +598 9909 6441
Sinopsis
Un Hamlet millenial atrapado en una espiral de autodestrucción frasea a ritmo de trap la perversión familiar que emerge sobre la muerte del padre.
Una casa tomada por la tragedia y por el engaño,
paredes que no gritan pero que lo saben todo,
verdades y mentiras resuenan sampleadas dentro de esta tragedia clásica en un mundo de ansiedad existencial.
Propuesta artística
En esta versión, la puesta en escena se articula en torno a un único elemento central: una gran mesa, que funciona como eje simbólico, escenográfico y emocional de la obra. Inspirada en las interpretaciones de Bradley y Bloom que entienden Hamlet como un thriller psicológico anclado en las tensiones familiares y el ejercicio del poder, la mesa se convierte en el epicentro de esa confrontación latente.
La escena se abre con un banquete cuidadosamente dispuesto: una mesa impecable, cargada de promesas de orden, celebración y jerarquía. Este espacio, en apariencia doméstico, es en realidad el núcleo de una corte corroída por el secreto, la ambición y el duelo no resuelto. A medida que avanza la acción, la mesa se va descomponiendo, como si absorbiera el colapso de los vínculos que la rodean. La comida, manipulada, derramada, pisoteada, deja de ser alimento y pasa a ser residuo: se transforma en una materia simbólica que revela lo que se pudre por dentro.
Este deterioro se materializa en una imagen culminante: una catarata de agua cae sobre la mesa, inundándola junto a los restos del banquete. El agua arrastra consigo la mugre generada en escena —una mezcla de alimentos, cuerpos, palabras y gestos— y expone la podredumbre emocional y moral que se había mantenido apenas contenida bajo la superficie. Lo físico y lo simbólico se funden en esta imagen final, donde lo que cae no es solo agua, sino todo lo que ya no puede sostenerse.
La mesa —inicialmente centro de poder, orden y comunión— se revela como testigo silencioso del derrumbe. En ella se inscribe el tránsito de una familia —y de un reino— desde la apariencia hasta la ruina, desde el control hasta el caos. A través de una puesta sobria, matérica y performativa, esta propuesta explora el cuerpo como canal de tensión, y el espacio como territorio de fractura.









